Todo es singular en barrio Chico. Desde sus calles
irregulares hasta sus pasajes angostos, sus curvas insólitas y su peligro
latente. En sus noches esconde malandras de toda laya y muestra en sus días la
cara buena de los vecinos hacendosos. Cuando el sol de derrama en vertical lo
transitan los carteros y los policías, con parsimonia, pero se vuelve tenebroso
y desierto bajo el mando de la luna.
La pobreza fue su capital durante años y el olvido su
lamento. La cercanía de lo mejor del pueblo no impidió el abandono recurrente
de la autoridad. Mientras tanto, la historia lo fue rodeando de otros barrios
más ordenados, modernos, vistosos; ni el
asfalto que adornaba sus tangentes ni las máquinas que morigeraban los vaivenes
del piso, en los suburbios linderos, le tocaron con frecuencia.
Dicen que en los años de plomo lo habitó un singular
personaje amigo de las botas más poderosas y que, amante de la tierra como era,
impidió que el progreso tocara la puerta durante casi una década. No es muy
creíble, los milicos se fueron huyendo tras su mar de fracasos y su imborrable
crueldad, pero el barrio siguió igual.
Tiene el estigma de la loma en la frente. Para arribarlo hay
que sortear la cima y volver a bajar. Así ni la vista de los otros lo alcanza y
algunos sospechan que de ahí viene la indiferencia fatal que lo condena a las
calles del pasado y a los granujas del presente.
Todo se consigue en el barrio Chico, a costos bajos pero sin
boletas ni comprobantes. Desde una película que aun no se presenta en los cines
hasta una cortadora de césped que algún citadino de country perdió en un
descuido. Las noches albergan borrachines de esquina en el semblante más
benévolo; y feroces carnizas, capaces de matar por una mirada fiera, en su
versión más temeraria.
Por la tarde se escucha el grito de los chicos y los golpes
secos que las zapatillas, rotas, le dan a las pelotas de gajos gastados. Pero
cuando el crepúsculo gana la batalla de cada jornada se cierran las ventanas,
se bajan los postigos y se traban las trancas.
Ya ni son comentarios de las matronas los estampidos secos
que cada noche retumban en el silencio de las calles, abandonadas a los
chorritos y los pungas, los peleadores, los cuchilleros y a esos más osados que
calzan revólveres robados en sus cinturas anchísimas.
Todas las calles suben y bajan por este barrio Chico que se
quedó clavado entre dos lomas, como habitante de una puñalada de la geografía.
Por ellas se ven pasar las bicicletas sin frenos, chorrea el agua de las
canillas mal arregladas de los que viven en los faldeos y se huele el olvido,
la fritanga y la grasa de las cocinas.
Confortables camionetas, autos puntudos de cola larga se
estacionan allá arriba, casi con miedo, cuando les toca arrimar a la doméstica
después que les limpió la casa. Rara vez se internan en ese laberinto
desconocido que presumen peligroso, salvo para ver “en dónde viven y con quién”
esas chicas calladas a las que les abrirán las puertas de doble hoja para que
barran, laven y planchen como dios manda.
En el barrio Chico las esperanzas nacen todos los días pero
se mueren por las noches, no hay destinos felices al alcance de la mano y los
que trabajan esconden lo que se ganan para que no se los arrebaten bajo la
prepotencia del más valiente. La justicia casi nunca llega y cuando lo hace, lo
hace mal y tarde.
Hay una iglesia justo en el medio del barrio. Supo ser dueña
de los corazones domingueros y albergar familias enteras. Allí hubo un cura
lánguido, de voz pedregosa, que dirigió partidos furiosos arbitrando con un
megáfono desde la mitad de la cancha, y que aún los más canosos recuerdan
porque repartía camisetas, daba la leche de la tarde pero obligaba a participar
del sermón para habilitar a los jugadores que entraban entre los titulares.
Dicen que murió en Europa, hace muchos años, sonriendo por la vida que le había
tocado y añorando los buenos tiempos, pero en el Barrio Chico lo recuerdan con
el gesto adusto detrás de sus anteojos de grueso carey, y sus ojos
escrutadores, temibles.
También tuvo una monja de ojos azul profundísimo que andaba
en moto, compadrona, y que se ganó el corazón de las matronas. Les enseñó a las
más chicas los juegos de los patios y a las más grandes, escapistas de
colegios, a costurar ropa deshilachada. Algunos afirman que el metegol y la
villa que por años fueron “junta” de los más vagos llegaron la única vez que la
hermana se bajó de las dos ruedas para entrar al barrio arriba de un camión,
pero en el acoplado, cuidando esos juegos que había mangueado vaya a saberse
dónde.
La iglesia sigue ahí, pero le han robado los adornos, la
magia y está llena de rejas. Tampoco tiene cura pero cada tanto se acerca algún
Padre itinerante que da una misa para la sala eternamente semivacía.
El barrio Chico tiene ese nombre, pero nadie lo recuerda.
Los que ahí habitan simplemente son “de la loma” y a cada paso que dan por el
resto del pueblo los miran de soslayo, porque tienen en la frente esa marca de
origen que los volvió fuleros. De una vez y para siempre.
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