Sobre la calle Uruguay perdura un conventillo siniestro en
el que viven familias numerosas desperdigadas por habitaciones diminutas,
maltrechas; y solterones de oficios oscuros, de profesiones insondables. Todo
el conjunto perdió hace años la lucha contra la humedad y sólo en algunos
rincones se adivinan retazos de la pintura que formó parte de mejores épocas,
acaso más radiantes.
En aquel conventillo sólo circulan rostros serios. Los
adultos mascan la bronca de la vida que no fue mientras lanzan esas miradas
sesgadas que tienen los escondedores. Y a los chicos, unos pocos, les ha caído
en desuso la sonrisa, y también los juegos. Alguno de ellos concurren a la
escuela que está dos cuadras más allá, pero la mayoría ya dejó de hacerlo y
-como puede- ayuda para el desafío diario de llenar el plato de comida, aunque no
siempre se alcanza el éxito… Más bien se transita un camino frondoso en
fracasos.
En el medio del patio enorme, abandonado al viento, está
todavía el aljibe que supo calmar la sed de otros tiempos pero que ahora larga
el tufo de la basura eterna que se acumuló año tras año con la desidia cómo
testigo. Y allá en el fondo de la construcción, con su puerta tapiada bajo la
desprolijidad del apuro, la habitación 23.
En aquel edificio de la calle Uruguay funcionó por años un
piringundín renombrado al que asistía una mixtura social de asombro. Rufianes
de la peor laya, capangas de estancias y caballeros de moño negro, portadores
de sombreros cumbres, formaban una concurrencia insólita cuando la oscuridad
ganaba los arrabales. En ese recinto recibían las atenciones de damas
despechugadas, que les arrancaban los tragos y el corazón con sonrisas en
falsete, les prestaban guiños de ojos atiborrados de pinturas y los embriagaban
con perfumes dulzones impregnándoles la ropa y el alma hasta el último suspiro
de la resaca. Un alcohol pendenciero, borgiano, circulaba noche a noche. Unos y
otras jugaban un juego de amor en el que todo estaba permitido salvo
enamorarse, pecado de riguroso castigo.
Aurora Reyes fue la joya de los mejores tiempos. Portaba una
belleza asiática de la que por años se habló allende los lupanares, y desde
diversas geografías llegaban los curiosos a comprobar la fama de su sonrisa
generosa, sus labios latentes y unos ojos violetas que atrapaban a los
incautos.
Eran los años del progreso, cuando el ferrocarril aniquilaba
distancias y viajaban los que buscaban placer, los que hacían negocios, los que
tenían necesidades que cumplir y no sólo los que podían, como sí ocurrió mucho
tiempo después cuando le robaron a la gente los sueños de los traslados y todo
quedó a merced de la política piratona.
En uno de esos vagones llegó Rufino escapándole a la
pobreza. De lenguaje corto y modales ásperos, escondía sin embargo un corazón
noble detrás de la armadura rígida que le había construido una vida a los
golpes. Portaba en su maleta un par de camisas desteñidas por el uso, dos
pantalones de tela áspera y un abrigo sin botones que apenas si atajaba el
viento. El resto lo ocupaba su esperanza.
Rufino Pérez no debió atravesar nunca las puertas de la
Parroquia, como llamaban irónicamente al piringundín en el que reinaba Aurora;
pero lo hizo ni bien aterrizó en sus manos el primer jornal. El trabajo era
abundante y los postulantes pocos, por lo que llegó y se convirtió en el
cargado de las maletas en la estación de trenes. Desde ahí se ganó el respeto
en esa población pequeña que, como corresponde a todo lugar con pocas almas,
solía denigrar o enaltecer con velocidad pasmosa. Es que todos contaban los
secretos de los vecinos y el chisme vivía saltando los paredones.
Rufino cruzó esa noche el umbral y quedó atrapado para
siembre por los duendes del Refugio, nombre fácil del piringundín. Se fascinó
en un instante con Aurora, quedó atado por el fulgor de aquellos ojos violetas.
La sonrisa sutil y encantadora de la más bella del lugar lo enloqueció ahí
mismo y ya no volvió a sus cabales.
Aurora se quedó desde ese día con cada jornal de Rufino,
bebiéndolo con rapidez para provocar el siguiente gasto y alimentando un amor
que no pensaba corresponder pero que le ensanchaba el colchón con los billetes
frescos.
En aquel lugar olvidado de Dios, al que ni siquiera la
iglesia mandaba curas, las mujeres coqueteaban y mostraban sus encantos sin
pudor pero no entregaban aquello que reservaban para el retiro y los amores
verdaderos, con los que todas ellas soñaban en una segunda adultez, aunque
nunca llegara. Rufino nunca aceptó las condiciones y cuando se hizo evidente
que el dinero no compraba la pasión de las alcobas creyó atinado declarar su
amor sincero y resolver en los papeles la pasión de los turnos en El Refugio.
Rogó por un momento de intimidad, uno sin las carcajadas,
las risas estridentes, el humo amarillo con olor a tabaco rancio y el organillo
monocorde que le deban el marco al salón principal. Acaso como respuesta a la
fortuna que había invertido en ella, día tras día y semana tras semana, Aurora
Reyes le dio cinco minutos en su habitación, allá en el fondo, cruzando el
patio y esquivando el aljibe.
La historia, acaso sólo una leyenda, habla de cinco
estampidos secos, un grito desgarrador y una habitación silenciosa con el
cuerpo frágil destrozado, ya sin rostro. Da cuenta, también, de la sien
atravesada de Rufino, el enamorado.
Nunca, quizás, se sabrá la verdad completa, pero allá en el
fondo de la construcción, con su puerta tapiada bajo la desprolijidad del
apuro, permanece inalterable la habitación 23.
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