Dionisio Medina logró algún reconocimiento, cierto grado de
popularidad, recién cuando publicó un monumental ensayo dedicado al estudio de
los artilleros patagónicos que tituló, singularmente, como “Todos los goles el
gol”. Antes de ellos, apenas si había asomado a la literatura futbolera con dos
cuentos mediocres: “Antología de un Patadura”, en el que algunos críticos
vieron una disfrazada autobiografía; y “El Goleador Errante”, que narraba las
penurias de un centrodelantero que perdía el olfato y nunca más volvía a gritar
un tanto suyo.
Medina había nacido en la aspereza de la meseta chubutense,
en una estancia cercana a Gan Gan, y desde muy chico los padres lo habían
llevado a Comodoro Rivadavia para que cursara sus estudios. Allí lo alojaron en
casa de unas tías en el mítico barrio Los Locos, en donde conoció el amor por
el fútbol pegado al alambrado de la cancha del desaparecido Conferpet. Intentó
sin mucha suerte enrolarse en la escuadra pero fue rechazado por un entrenador
lenguaraz que le juró que, antes de verlo jugar en su equipo, iba a suicidarse
tomando petróleo.
Aquel episodio lo marcaría de por vida ya que nunca más
intentaría federarse para patear una pelota. Aun así, gritó mientras pudo los
goles fantásticos del “Choa” Cárdenas, a quien le profesó una idolatría
estrafalaria. Años después confesó haberse dedicado al estudio de los
goleadores, no tanto por la fascinación del puesto, sino más bien por el
fanatismo que tenía por aquel delantero. Su primer trabajo se lo dedicó a este
jugador, aunque no mereció más que reproches porque desnudó una monumental
pobreza investigativa. Incluso el propio protagonista admitió que, no bien leyó
los eventos que allí se narraban con exageración brutal, se sintió presa de una
vergüenza incómoda con la que cargaría de por vida.
No fue este traspié sino un elemento de empuje para Medina
que, tozudo como era, logró acto seguido un trabajoso tratado sobre goleadores
y rachas. La crítica, aquí, trató el intento con mayor caridad calificándolo de
“legible”, lo que sin ser un elogio pleno resultó para él un avance mayúsculo.
Después de su obra cumbre tres trabajos más engrosaron su
biblioteca personal: “El penal y sus circunstancias”, un interesante estudio de
las miles de posibilidades que caben antes y después de una ejecución desde los
doce pasos; “Goles al viento”, donde Medina intentó sin mayor éxito explicar la
incidencia que tenía el clima comodorense sobre la formación de un atacante; y
“En busca del gol perdido”, que puede considerarse como una suerte de continuidad
de “El goleador Errante”. Ninguna de estas tres publicaciones, queda claro,
alcanzó el efímero éxito de “Todos los goles el gol” que, vale señalarlo, se
conoció a través de una restringidísima edición de la que sólo algunos
ejemplares han logrado sobrevivir y llegar hasta nuestros días.
Lejos de intentar parábola alguna, Medina propone en “Todos
los goles el gol” una investigación exhaustiva sobre las diferentes
definiciones a las que arriban los delanteros probados, e incluye en cada una
de ellas un abanico de sensaciones que el jugador debe sortear antes de enviar,
o intentar hacerlo, la pelota a la red.
Desde el terror escénico de quien sabe que, en mayor o menor
medida, puede tener en sus pies su futuro y el de sus ocasionales compañeros de
escuadra, hasta la intriga que se le genera en la crisis al goleador dubitativo
que cruza su mirada con el arquero rival, todo pesa en el análisis. “Son dos
historias distintas pero que en ese momento se yuxtaponen por su propia
posición en el campo: el delantero y el arquero, el que ataca y el que
defiende, el que quiere matar y el que no quiere morir, el rey y el esclavo. En
definitiva el artillero feroz que necesita y quiere, por su propia esencia,
convertir el gol y el cuida palos que, lo manda su naturaleza, intentará
evitarlo”, dice Medina con notorio afán literario y perfil psicológico en el
párrafo más logrado de su obra.
En el capítulo final Medina ensaya un pasaje novelesco donde
un delantero mitológico decide eliminar a todos los arqueros del mundo con una
lanza mágica que los atraviesa para siempre. En el desarrollo de la fábula los
cuidapalos mueren y los delanteros gozan por una eternidad de arcos indefensos.
Medina escribe una genialidad sin precedentes para darle
final a su obra: “Si esta quimera alcanzara la realidad, no morirían más
arqueros que especialistas del gol. La razón es simple e irrevocable: ante
vallas baldías cualquiera podría meter la pelota contra la red”.
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