La cancha que llamábamos Bronco Pulmonar ya no existe. La
reemplaza una escuela de esas de chapa, modernas, que se construyen ahora. Y
los chicos que en los recreos corren por sus pasillos no saben, ni imaginan,
que debajo de ese piso se convirtieron goles formidables.
Treinta años atrás el terreno estaba prácticamente baldío.
Solo un edificio que ocupaba una esquina, semi abandonado, le daba el mote de
cuadra. El resto era un descampado rodeado de cuatro calles de ripio que mutaba
a cancha cada mediodía.
Todo era impropio allí: desde la cantidad de jugadores (11
contra 11, por sus dimensiones acotadas, era una multitud imposible) hasta las
medidas de las porterías, que nunca excedían el metro y medio de ancho y que,
además, no gozaban de un cuidapalos exclusivos: la regla autorizaba el
arquero-volante, una invención barrial que permitía al golero salir jugando y
hasta lanzarse al ataque, algo que después Gatti, y más tarde Chilavert,
popularizaron en el fútbol grande.
Era la canchita del Bronco, nombre jamás explicado.
En ese potrero se lo vio jugar por primera vez al Tata
Millanao, un diez pleno de caños sutiles y sombreros rotundos. Era el Riquelme
de la época porque lo hacía todo lento para darle velocidad a los ataques de su
equipo. Había aprendido las artes del fútbol con pelotas de media, así que
cuando se encontraba con una de cuero, en el Bronco, literalmente la descosía.
El Tata no tenía condiciones de líder, era más bien callado, pero siempre
elegía equipo porque, claro, era de los mejores.
El otro gran hacedor de gambetas que tenía la barriada era
el Chueco De Lucía, nombre y apellido de ficción, en realidad. Siempre se supo
por qué le decían Chueco pero nunca De Lucía.
La mejor carta de presentación que se puede utilizar con De
Lucía es rendirle culto a su pegada magistral. De un arco a otro te la ponía en
el pecho, o en los pies, según la pidieras. Además, era el mejor defendiendo la
pelota, para lo que conocía todas las mañas.
De Lucía y el Tata siempre jugaban en contra, para poner
equilibrio. Eran capitanes naturales y por eso protagonizaban el pan y queso
que determinaba los equipos en esas previas plenas de expectativas en las que
cada uno se iba enterando parte a parte de la condición de sus rivales.
Durante años fueron ellos el alma de match furiosos que se
disputaban en el Bronco hasta cerca de las cuatro de la tarde, cuando algunos
de los players ya rumbeaban para el trabajo.
Una vez el Tata hizo un gol maradoniano. La fue a pedir como
cuatro en una salida de contra, de ese lado de la cancha que tenía una inclinación
hacia la calle, y desde ahí armo una apilada sinuosa que terminó en gol de
taco. Hasta De Lucia se comió un caño en el camino y otros dos quedaron tirados
con sus amagues verticales. Un sombrero precedió la conversión definitiva. No
hubo grito ni carrera de gol, no los había en aquellos partidos, pero en una
cancha llena hubiese ganado una ovación infinita.
Aun hoy, algunos de los que estuvieron esa tarde recuerdan
la jugada, al igual que aquella vez que Cacho Valderrama le tiró mil patadas de
De Lucía y no pudo sacarle la pelota.
Cacho, que en canchas grandes solía ser arquero, era áspero
como pocos y además le gustaban las piñas al punto de resultar temerario: hubo
ocasiones en que, cegado por la bronca, lo encaró al propio Camilo (un morocho
de dos metros que metía miedo) con fines de tunda.
En ese potrero también descollaba Rengura, aquel wing casi
mitológico cuya pierna tiesa no le impedía destacarse en los ataques
vertiginosos.
Valdo (abreviatura barrial de Osvaldo) era el Ardiles del
78. Habilidoso y flaco, tenía la misma capacidad para meterte un caño que para
tirarse al primer pechazo que recibiera. Había tardes que se la pasaba en el
piso.
En la vereda opuesta se recuerda al indio Napal, que siempre
pareció el más viejo de todos, aunque su cara y su cuerpo no tenían edad.
Napal, hoy, sería un carrilero consumado, pero en aquel potrero corría por
todos lados como tábano sin cabeza, y como no era un negado con la pelota
terminaba siendo protagonista siempre.
De vez en cuando se sumaba el flaco Romero, gran arquero que
hacía lo que podía en esa cancha sin goleros. Siempre andaba con Rapi, zaguero
feroz, alto, de ir bien de arriba.
Un día apareció por el potrero Tatum y cambió las cosas. Se
había mudado al barrio hacía poco y nadie lo conocía. La cancha le quedaba de
paso a la fábrica por lo que se plantó detrás de un arco con su ropa de grafa a
mirar el partido. “El gol elije” dijo alguien y el equipo del Tata, que metió
el primero, se quedó con sus servicios. Nadie se preocupó porque tenía pinta de
cualquier cosa menos de futbolista. Flaco y esmirriado, de piernas largas,
parecía un tero.
Fue un baile bochornoso. Tatum resultó ser un fenómeno que
dejó a todos con la boca abierta. Tenía la gambeta más larga que se haya visto,
pero siempre llegaba. Y andaba con tres pulmones, le sobraba aire por todos
lados y jugaba en cualquier puesto.
No lo seducían ni los caños ni los sombreros, pero
gambeteaba para delante (como el chino Tapia de Boca) y te mataba, porque una
vez que pasaba era imposible seguirle el tranco.
Tatum rompió el equilibrio. Cualquiera que lo tuviera en su
equipo inclinaba la balanza para su lado.
Ya en el pan y queso la cosa se ponía tensa: si ganaba De
Lucía y lo elegía, los del Tata se quejaban por la desventaja. Y si ganaba el
Chueco la cosa era a la inversa.
Durante unos días los pleitos fueron de nervios, con dientes
apretados. E incluso el propio Tatum bajaba adrede su rendimiento para que la
diferencia se achicara, pero aun así era mucha.
La cosa se calmó cuando, decisión salomónica, se determinó
que el equipo en desventaja técnica jugara con un hombre de más. La cancha del
Bronco pasó a ser la única de la época que tenía como regla la diferencia en
cantidad de jugadores por equipo.
Por años jugamos bajo esa sospechosa reglamentación que, sin
embargo, nunca nos privó de la felicidad plena de intentar un caño.
Ninguno llegó a descollar en primera. La mayoría no tenía
apego por los entrenamientos ni disciplina para el horario. O no gozaban de esa
posibilidad porque, como Tatum, la necesidad de trabajo primaba.
No existían los buscadores de talento y llegar a los clubes
“de enserio” aparecía como muy lejano.
Aquel era un fútbol de personajes oblicuos, quizás, pero
jugadores rectos.
La canchita del Bronco desapareció. Se la comió un anexo de
la escuela 48, allá en el barrio Don Bosco en el norte de un Trelew que sufrió
el paso del tiempo. Y ya no hubo potreros, casi. Será por eso, quizás, que ya
nadie va más temprano para el trabajo porque no hay “picaditos” para jugar de
pasada, como hacía Tatum. Será por eso, también, que los dueños de pegadas
oblicuas como el Chueco De Lucía aparecen cada vez menos. Acaso por la falta de
potreros los Tata Millanao estén en extinción. Vaya a saberse…
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