Roberto Petranca se despidió aquel domingo para iniciar su
viaje a los Montes Urales en búsqueda de algún tipo de gurú metafísico cuyas
historias, por esos días, lo tenían cautivado.
Ya no se lo volvió a ver. Algunos años más tarde envió una
postal suya desde un lugar llamado Boksity en el que contaba su inminente
ingreso a un monasterio de monjes oscuros que practicaban el celibato, ciertos
ritos místicos y se abandonaban a la vida silvestre descartando todo lo
mundano, y lo artificial, por lo que en casa de los Valderrama evaluaron que
sería poco probable que le interesara la suerte que corrieran aquellos escritos
que había olvidado en el cuarto de arriba, ese que ocupó durante años. Roberto
Petranca decantó en ensayista después de actividades variopintas que probó con
distinta suerte, casi siempre esquiva. Llevó con dignidad, sí, sus tiempos de
sepulturero, tarea a la que se avino en una época lóbrega, sin encanto, que lo
tenía hundido en el desánimo. Su caso fue, para la profesión, un tanto curioso:
la tomó por elección desestimando otras tareas más seductoras, y su tránsito
por el cementerio local resultó tan beneficioso que cuando valoró que era
tiempo de cambiar de aires la Ciudad misma le rogó que examine la decisión
buscando, quizás, un arrepentimiento. No lo tuvo.
Es que Petranca, lector empedernido de cuanto texto
metafísico rescatara, solía inmiscuirse en los sepelios, mezclándose entre los
concurrentes, y entablaba conversaciones fascinantes con los deudos, intimaba
con ellos, y en muchos casos terminaba no sólo consolándolos ante la pérdida
irreparable sino dando explicaciones insólitas del destino de las almas, los
que van al “más allá”, justificando aquello de “pasar a mejor vida” y otros
tantos asuntos de los que seguro había leído, o inventado, con gran prestancia.
Con el paso del tiempo consiguió fama y era buscado en las inhumaciones. Se
debió incluso elaborar un registro de pedidos para quienes deseaban tener el
servicio en sus turnos laborales, y así se llegó al caso de que una enorme
cantidad de familias, mayormente de la aristocracia del lugar, reservaban días
y horarios para meses y años venideros aun cuando no esperaban desenlaces
trágicos entre sus integrantes. Preferían esa prevención temeraria si es que
así las chances de contar con su presencia se acrecentaban. Roberto Petranca
era el acompañante perfecto de la muerta en la despedida final.
No se sabe bien por qué decidió concluir con esa tarea en la
que tan a gusto se mostraba. Don Diego Valderrama, que lo cobijó en su casa y
lo trató como familia propia durante años, contó tiempo después que las
intenciones de acercarse a las almas devastadas por las pérdidas no siempre
habían terminado de la mejor forma. No se supo de rechazos, pero sí de ciertas
ocasiones que los consuelos fueron algo más que eso.
Al parecer Petranca tenía cierta predilección por la debilidad
que presentaban las viudas en semejante estado, a las que les prodigaba
especial atención. Su verba sutil, y seductora, hacía el resto. Logró manejarlo
mientras el secreto se mantuvo entre dos, pero cuando Dominga Monteros, hermana
del senador Reginaldo Monteros, cayó en sus garras tras perder a su marido en
un funesto accidente comenzó también su declive, y su perdición.
Sólo Don Diego se enteró del asunto pero reveló el secreto
cuando ya lo pensaba escalando los Urales, rodeado de librepensadores
siberianos, alimentándose de vegetaciones salvajes, y cazando todo tipo de
alimañas para sobrevivir.
Dominga Monteros, después viuda de Sánchez, nunca resultó la
atracción de las fiestas. Nació a los tumbos y vivió una adolescencia difícil,
luchando con sus excesos de carne y su nariz puntiaguda. Su propio padre,
Lisandro Monteros, dudó de su salud cuando la vio tras un parto difícil y pensó
que la niña estaba enferma, negando que la belleza puede ser también interior y
que no siempre se adivina en las facciones.
Su viudez le dio un cierto aire que a Petranca, que
coqueteaba con las almas en pena, lo seducía casi insólitamente; y Dominga no
fue excepción a la hora de conocer los encantos del sepulturero. Tuvieron un
amor fugaz, secretísimo pero intenso que se concretaba en las oscuridades de
los mausoleos o las hondonadas de las tumbas que el tiempo ocuparía después.
De pronto Dominga, que había sufrido con Sánchez el rigor de
los casamientos políticamente correctos y el desprecio a su figura siempre
oscura, poco atractiva, encontró en el enterrador de osamentas la luz que nunca
antes tuvo, y jamás después.
La pasión nunca se extinguió pero Don Valderrama afirma que
Lisandro, capanga de hectáreas infinitas y animales incontables, ruralista de
eternas presidencias sociales, no soportó los rumores de aquel amor insólito,
detestable, y puso su propia pasión y todos sus recursos para finiquitarlo. Don
Valderrama sospecha que el viaje mítico de Petranca tuvo, también, algo de
advertencia, bastante de temor, y mucho de instinto de supervivencia.
Cuando se revisaron sus escritos, esos que dejó en el olvido
del cuarto de arriba, se encontraron ensayos interesantísimos y de los más
variados, algunos con brillo literario y otros con oscuros secretos. Uno de
esos hallazgos fue ésta pieza, que estaba escrita aun antes de ser escrita;
mucho antes de que Roberto Petranca pisara por primera vez, incluso, algún
cementerio.
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